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martes, 18 de noviembre de 2008

La nena que ríe de noche



Once años tenía Lucy. Once años apenas, cuando el auto la atropelló. Luego de dos días en terapia intensiva, la nena dejó de respirar.
La familia Almeyda, en muestra de una justicia injusta, le ganó un juicio al conductor del coche asesino. Con el dinero mal ganado, lograron pagar la hipoteca de la casa de Balvanera en la que vivían, pero la felicidad del techo propio no logró apaciguar el dolor por la muerte de la querida hija de Alberto y Susana, de la querida hermana menor de Lautaro, de la querida hermana mayor de Daniela.
Dicen que desde entonces Lucy no ha logrado descansar en paz pero, aún así, está contenta. Por las noches se la escucha. Su risa resuena cada madrugada desde la que fue su habitación. Algunos, además, aseguran que a veces se deja ver.
Los Almeyda, entusiasmados por escuchar y ver a la nena, contrataron a una bruja que les dijo que su risa se debe a que está feliz de estar en su casa, una casa que gracias a su muerte se convirtió en propia.
Pocos años más tarde, mientras la crisis económica de 2001 desarmaba a la Argentina, junto con la oferta de un trabajo en euros y la enfermedad de la abuela Celia, la familia de Lucy se mudó a Madrid pidiéndole a Arturo, el tío de la pequeña, que se encargue de la venta de la casa.
Siete años hace que está en venta y nadie quiere comprarla, pues Lucy no deja de reír y los interesados se echan para atrás espantados. Hasta que Lucy no se quede callada, la casa de Balvanera seguirá vacía y, mientras tanto, seguirá siendo conocida como la casa de la nena que ríe de noche.

martes, 11 de noviembre de 2008

¿Te acordás del Pitufo Enrique?

Fue en julio del año 2000 cuando la Subcomisaría de Banda de Varela, en la provincia de Catamarca, debió ser clausurada por varias semanas a causa de que un duende acosaba a los policías que cumplían horario nocturno.
En una de esas nochecitas frías que regala el invierno, dos oficiales patrullaban las calles catamarqueñas, quisieron comunicarse con su compañero de guardia pero no les respondía. Alarmados por el silencio del hombre, decidieron ir a ver cuál era el motivo.
Llegaron a la seccional y quedaron pasmados al ver al cabo Miguel Agüero, desmayado en una silla. Lograron reanimarlo y, cuando despertó, clavó la mirada en el techo, fija, inmóvil, con temor. “Me viene a buscar de parte de Satanás”, comenzó a balbucear el Cabo.
Los oficiales no comprendían pero, minutos después cuando Agüero concilió la calma, explicó que un duende bajito, de color verde y de ojos saltones, lo amenazó diciéndole que el mismísimo Diablo lo mandó a buscar. El Cabo fue llevado al hospital, le realizaron exámenes físicos y psicológicos y todos los médicos concordaron en que no presentaba ningún cuadro sicótico ni de alteración o intoxicación.
Dos años más tarde, un grupo de jóvenes decidió grabar un documental sobre este ser –casi- mitológico pero se dice que, en pleno proceso, varios actores y técnicos desaparecieron. Un productor encontró en el bosque la cinta de lo que habían llegado a grabar. Finalmete en el 2005, el film fue estrenado a pesar de que aún no estaba terminado.
A pesar de que algunos canales de televisión se rieron del caso hablando del "enano fantasmagórico", y que hasta un grupo de cumbia le compuso una canción, la gente del pueblo no deja de temerle al Pitufo Enrique (así lo bautizaron). Casos similares se produjeron en la Patagonia con un duende llamado Epunamúm, y en la Cordillera con la presencia de Ivnuche.

lunes, 3 de noviembre de 2008

A la espera de la muerte (historia de “la viuda loca”)


Una noche de marzo, hace no mucho tiempo, ocurrió algo extraño en el Faro Punta Ninfas a 50 kilómetros de Puerto Madryn. Un barco pesquero navegaba las aguas de un mar tranquilo. Catorce marineros descansaban en los depósitos, el Capitán conducía la máquina y el viejo Eduardo Martínez miraba el brillo de las estrellas que no dejaban de sorprenderlo a pesar de ser un marino de profesión desde hacía 43 años.
Guiados por el faro seguían su marcha, pero al pasar por su lado la torre luminosa se apagó por completo. Alarmado por el peligro que significa un mar a oscuras, Eduardo le pidió al Capitán que se detuviera y abandonó el barco para tratar de arreglar la luz.
El hombre se adentró al faro y comenzó a subir una larga escalera de hierro. Antes de llegar a la punta una sombra lo distrajo. Asustado quiso retroceder pero sus pasos no respondían y, sin dominar su cuerpo, los pies continuaron subiendo.
Ya frente al foco apagado vio que una silla oxidada se mecía hacia delante y hacia atrás, una y otra vez. En ella, una dama envuelta en una frazada gastada color azul, lloraba en un silencio penoso.
Eduardo se acercó, tocó a la mujer por el hombro y quedó petrificado cuando reconoció en su rostro a Margarita, su esposa fallecida dieciséis años antes. Blanco como la luna, la miró fijo y le preguntó por qué lloraba. Ella lo miró con ojos cansados y sonrisa débil. Mientras las lágrimas recorrían sus arrugas cuesta abajo, y casi en un susurro, le explicó que lloraba de tristeza porque su esposo había tardado mucho tiempo en ir a buscarla.
El viejo, sin comprender demasiado, le preguntó si había estado sentada allí desde el día de su muerte. “Si”, respondió ella, “estoy acá desde el 4 de enero de 1945, el día tu muerte, el día que se hundió tu barco. Estoy acá sentada esperando a que tu amor me encuentre, tome mi alma y la lleve a navegar por todos los mares junto a la tuya”, le dijo. Enseguida Eduardo la tomó de la mano, la dama agachó la cabeza contra su propio pecho, cerró los ojos y cesó de respirar.
Su cuerpo fue encontrado semanas después, sentada en la misma silla oxidada que ya no mecía. Al verla, reconocieron en ella a la viuda de Eduardo Martínez, uno de los 16 tripulantes fallecidos un verano de 1945 cuando se hundió su barco al lado del faro. “La viuda loca”, la llamaron sus vecinos de Puerto Madryn al enterarse que la señora se sentaba cada noche en el faro esperando a que su marido regrese.
Dicen quienes acostumbran a navegar por esas aguas que cuando se pasa por al lado del faro, pueden escucharse risas y tarareos de un hombre y una mujer que parecen estar felices. Desde ese día, el faro nunca más volvió a apagarse.

viernes, 31 de octubre de 2008

¡Que vivan los muertos!

Hoy se celebra una vieja tradición que, si bien no nos pertenece, en la Argentina desde hace algunos años se está haciendo más popular. Hoy se celebra… Halloween.
Nuestro país importó esta celebración tan importante en otros países (como en Estados Unidos y Canadá) pero de manera más comercial y divertida. Muchas escuelas primarias de Buenos Aires proponen a sus alumnos que, cada 31 de octubre, acudan a clases disfrazados parar recorrer una vuelta manzana tocando timbre al grito de “¿truco o trato?”, mientras extienden sus bolsas hacia la puerta de las vecinas para que las doñas las llenen con golosinas.
Los más grandes aprovechan para organizar fiestas de disfraces. Pero el verdadero origen del Halloween no es tan divertido como parece, su significado real es la unión del mundo de los vivos con el de los muertos.
Cuenta la leyenda que hace más de 2.500 años, cuando finalizaba el año celta (en nuestro calendario es el 31 de octubre), los espíritus podían salir de sus tumbas, apoderarse de los cuerpos de los vivos y, de esa manera, resucitar. Los aldeanos hacían todo lo posible para no ser atacados por los muertos y por eso decoraban las puertas de sus casa con huesos, calaveras, ataúdes y hasta tallaban caras siniestras en enormes calabazas para que los espíritus los confundieran con pequeños cementerios privados.
Además era necesario que todos los que vivían en la aldea encendieran una vela negra en conmemoración a los difuntos, de lo contrario serían atacados y les provocarían horribles pesadillas nocturnas. Aquellos que no las encendían, podían amanecer dementes o, peor aún, podían no volver a amanecer.
En la actualidad, los creyentes católicos aborrecen esta celebración por significar una veneración a los muertos, incluyendo espíritus malignos, abriendo otra brecha en la guerra entre el cielo y el infierno.
De una manera u otra, el Halloween sigue presente. Quien se anime a festejarlo como un juego, tendrá que atenerse a la posibilidad de un difunto enojado. Quien se anime a enojar a un difunto, tendrá que atenerse a la posibilidad de pasar una noche de pesadillas. Quien se anime a este mal sueño, tendrá que atenerse a la posibilidad de amanecer demente o, peor aún, no volver a amanecer.

jueves, 30 de octubre de 2008

La leyenda del caballo salvaje


En el siglo XVIII existió, en la provincia de Buenos Aires, un caballo hermoso y de porte desafiante. Más grande que ninguno, corría a toda velocidad por los campos mientras sus crines coloradas jugaban con el viento. En medio de su pelaje, a la altura del vientre, el rojizo pelaje se convertía en blanco formando una braga, detalle por el cual los campesinos comenzaron a llamarlo “Bragado”.
Los soldados de la zona deseaban ser los dueños del potro, quien lo poseyera, tendría una victoria asegurada en cualquier batalla porque era el más rápido que jamás habían visto. Los gauchos lo querían para usarlo de semental y conseguir así, la reproducción de tan maravilloso ejemplar. Pero Bragado no quería ni las luchas ni las crías, no se dejaba atrapar. Corría sobre el pasto, se abalanzaba con todas su fuerzas ante quién buscara enlazarlo.
Una tarde de otoño, cuando el sol ya se escondía, nueve soldados lograron acorralarlo en la barranca de la laguna mientras el potro salvaje hacía un intento por beber de sus aguas. Trató de escapar por un costado, por el otro, hacia el norte y hacia el sur, pero el esfuerzo parecía inútil, el pobre Bragado se convertiría en un esclavo, se convertiría en un caballito de guerra. Desesperado por perder su libertad, y cuando sus captores creyeron que lo tenían firmemente atado, el potro se arrojó desde lo alto de la barranca prefiriendo morir.
Al verlo saltar, los soldados quedaron absortos y uno de ellos enunció: "Potro Bragado, como nosotros, preferís la muerte antes que perder tu libertad. Desde ahora esta laguna llevará tu nombre", y así se hizo en 1776. Años después, el Coronel Eugenio del Busto, puso ese nombre a la ciudad que fundó a las orillas de aquella mítica laguna. Hoy, por sus sueños de libertad y su coraje, el potro Bragado está eternizado en el escudo que identifica al Municipio. Cada año, en los primeros días de octubre, la ciudad celebra la Fiesta Provincial del Caballo en su honor.
El cuerpo del animal jamás fue encontrado pero muchos habitantes de la ciudad, y los pescadores que pasan largas tardes en la laguna, aseguran que cuando cae el sol puede escucharse el rápido galopar del caballo que relincha con el viento.

lunes, 27 de octubre de 2008

El beso de un muerto


Después de hablar por Messenger durante casi un año, ambos sintieron que se conocían lo suficiente como para dejar de lado el monitor y los teclados, y verse en persona. Fue un viernes de agosto, la noche estaba helada y hasta la hora parecía congelarse. Se encontraron en la puerta de Brujas, un conocido bar de la Plaza Serrano, en el barrio de Palermo.
Ella llevaba un jean elastizado y un abrigo fucsia, él estaba vestido de un riguroso negro y no despegó la mirada del suelo, provocando que su pelo azabache (que le pasaba los hombros) le tapara la cara. La hizo pasar, le acercó una silla y se sentó frente a ella con los ojos clavados en la mesa.
La noche fue muy corta. Después de tomar un porrón de Heineken, aburrida porque él no la miraba ni emitía palabras (a diferencia de sus constantes y divertidas charlas por MSN), ella le propuso finalizar la velada y despedirse. Por primera vez escuchó su grave voz: “Estoy con el auto, dejame alcanzarte a tu casa”, le dijo el muchacho. Ella pensó que negarse sería una descortesía, además quería aprovechar que al fin se había animado a hablarle aunque su voz sonara pausada, gruesa y con un eco extraño. Luego de unos segundos, ella aceptó.
Caminaron dos cuadras silenciosas hasta que él se detuvo de golpe, sacó las llaves de su bolsillo, desactivó la alarma, abrió la puerta del acompañante, corrió la notebook que estaba en el asiento, y sin dirigirle la mirada, la invitó a subir. Ella, temblorosa, pensó que se trataba de una broma, pero al ver que él no se reía, accedió a subirse al coche fúnebre, un Cadillac negro lustrado de manera impecable.
Cuando él encendió el motor, una sinfonía de Beethoven comenzó a sonar desde los parlantes. Para acrecentar su horror, la chica notó que en la parte trasera descansaba un ataúd de madera oscura. Él reconoció el pánico en ella y, señalando el féretro, le aclaró: “Aquí vivo y aquí duermo”.
Ella quiso gritar, pero se ahogó en su propio aire. Intentó abrir la puerta del coche pero fue imposible, además la marcha del vehículo había acelerado a una velocidad indescriptible. Sin necesidad de darle la dirección, él estacionó en la puerta de la casa de la joven. “¡Un beso de buenas noches!”, exclamó rodeándole la nuca con su mano esquelética aprisionándola hacia él, logrando que sus labios fríos y resecos se posaran sobre los suaves y rosados labios de ella.
Enseguida sintió un hedor repulsivo, un escalofrío le recorrió el cuerpo, lo miró a los ojos y encontró solo dos cuencos vacíos en un rostro cadavérico. Él empezó a reír a carcajadas, emitiendo un eco cada vez más fuerte. Al ver que no conseguía reacción de la muchacha, la empujó al asfalto y el coche fúnebre arrancó de manera violenta, perdiéndose de vista al instante.
Al escuchar el ruido, la madre de la chica salió a la verdea y vio a su hija pálida, tendida en el piso repitiendo sin parar: “Está muerto, está muerto, está muerto y me besó”. Así pasó el fin de semana. Sin comer, sin dormir y sin dejar de susurrar la misma frase una y otra vez. Sin lograr calmarla, la joven fue internada en una Fundación para la Salud Mental en la calle Godoy Cruz 1878. Meses después, se conocieron dos casos iguales.

lunes, 6 de octubre de 2008

Dos colegios, un túnel, una muerte y una leyenda

La intriga está de pie en Buenos Aires, más precisamente en Pilar. Allí hay dos colegios religiosos muy antiguos, uno frente al otro separados por la Panamericana: el Instituto Verbo Divino y el Instituto Madre del Divino Pastor. Aunque la separación de ambos es solo superficial ya que están unidos por un túnel subterráneo.
Detrás de una pesada alacena verde de la cocina del Verbo Divino está la puerta que da ingreso a uno de los extremos del túnel, pero nadie debería saberlo. Los estudiantes indagaban constantemente pero las curas y las monjas negaban su existencia. La teoría más fuerte recita que en ese pasillo oscuro y frío se encerraba a los alumnos merecedores de castigos. Se los dejaba allí durante tres días privados de luz, de agua, de comida y de baños. Durante las primeras horas los chicos trataban de encontrar una salida, pero el cansancio los vencía y el esfuerzo siempre era en vano.
Una tarde de 1984, el castigo se les fue de las manos a las autoridades del Verbo Divino. Lisandro Zangone, un alumno de tercer año fue encerrado por hacer rimas obscenas durante la clase de religión dictada en la parroquia del Instituto. Lo encerraron en el túnel por tres días y, cuando volvieron a buscarlo, no encontraron más que su cadáver recostado boca abajo con su cara de un color violáceo azulino y con las manos lastimadas por la madera que se astilló bajo sus uñas mientras rasguñaba la puerta en un intento por salir. “Muerte súbita, un infarto luego de la hora de gimnasia”, fueron las excusas que escucharon padres y compañeros.
Dicen que, desde entonces, se escuchan golpes provenientes de abajo que fueron atribuidos al supuesto fantasma de Lisandro que continúa encerrado tratando de salir. Parece ser que ese fue el motivo del cierre del túnel y con él, el fin de los castigos. Pero hace no muchos años, dos alumnos intrigados por la leyenda se escabulleron en el recreo, ingresaron a la cocina, corrieron la pesada alacena verde y encontraron una puerta de un metro por un metro con dos candados. Intentaron romper las trabas pero no pudieron y además quedaron estupefactos cuando escucharon que del otro lado alguien, o tal vez algo, comenzó a golpear la puertita.
Enseguida aparecieron los padres Luis y Alfio que echaron a los jóvenes de la cocina y los amonestaron. A la semana siguiente los dos curas fueron excluidos de la Institución y reemplazados por dos nuevos.
Hoy la cocina permanece cerrada con llave, la puerta del túnel fue tapada con cemento pero, aún así, se escuchan los golpes del otro lado como si el espíritu de Lisandro continuara tratando de salir.

lunes, 29 de septiembre de 2008

Un demonio en la Embajada de Alemania


Ernesto Tornquist fue un prestigioso empresario argentino que hizo construir su mansión en Villanueva 1055, al lado de la Iglesia San Benito entre los barrios de Palermo y Belgrano, donde hoy funciona la Embajada de Alemania.
Luego de su muerte en 1908, la casa fue vendida a la familia Casullo y después a la familia Blaquier, quienes de repente, en medio de una noche de tormenta y sin explicar nada a nadie, partieron en su coche bajo la luz tenue de la luna.
Cinco días pasaron hasta que el monaguillo de la iglesia decidió ingresar a lo de sus vecinos para investigar qué era ese olor nauseabundo que se sentía desde el presbiterio. No tardó mucho en encontrar el causante del hedor. Semidesnudo y recostado en el piso helado del comedor, estaba el cuerpo de Alfio, el hijo de la pareja Blaquier.
Con la garganta abierta por el filo de una cuchilla, sus pulmones hacían un inútil esfuerzo por absorber la mayor cantidad de aire, pero solo lograban ahogarse en una tos de sangre y vómito.
Sus manos inmóviles, sus ojos blancos clavados en dos cuervos que expectantes lo observaban desde el vitreaux del techo, lo acechaban, lo esperaban, lo deseaban. Finalmente, y sin cambiar el rumbo de su mirada, el cuerpo tieso de Alfio se levantó y quedó de pie sobre el aire. Una voz sobrenatural le susurró una frase al monaguillo: “Quien mora en este cuerpo ahora, morará más tarde en otro que brindará su alma para que los demonios renazcan”. Segundos después, los cuervos desplegaron sus alas, se dejaron caer a los hombros del endemoniado Alfio y comenzaron a picarle los ojos.
El monaguillo, espantando, corrió hasta la iglesia. Llegó a la puerta y le contó al cura lo que había sucedido. Meses más tarde, el joven monaguillo hablaba de cuervos, de muertos ensangrentados y de demonios desde la habitación de un manicomio.
Durante años la mansión Tornquist estuvo deshabitada y nadie se animaba a acercarse a sus puertas, hasta que en 1980 la República Federal alemana se hizo acreedora del terreno. Contrató al arquitecto Dieter Oesterlen para que la refaccione y en marzo de 1983 inauguró la Embajada y Consulado de Alemania.
Nada se supo de Alfio, pero algunos aseguran que de noche escuchan una voz rara que suena gruesa pero que a la vez parece un chirrido (como quien rasguña un pizarrón), que reclama el desalojo de la mansión para que los demonios renazcan.

martes, 23 de septiembre de 2008

Su alma en el espejo

Arrugas que no se esconden, canas que no domina, labios finos y resecos, y esos ojos azabache que bajo dos cejas tupidas lanzan una mirada penetrante. Tan blanca, tan pálida queda su imagen, y de golpe… un grito agudo, ensordecedor, espectral.
Ese es el reflejo que devuelve el espejo. Es el rostro de Beatriz Tejada del Solar, fallecida en 1927. La mujer era una vieja codiciosa con una fortuna incalculable de billetes y joyas. Fue en ese año cuando se hizo poseedora del espejo maldito.
Ovalado y con un marco de oro, apareció en Egipto a principios del siglo XX enterrado cerca de la tumba de Tutankamón. Quienes lo encontraron se alarmaron al leer que en la parte de atrás aparecían inscripciones que expresaban “El camino del alma inmóvil”, y deletreaba una maldición para quien mirara fijo el vidrio. Creyeron que sería un objeto del faraón pero por lo grave de su enunciado, prefirieron no mostrarlo al público. Quisieron volver a enterrarlo, pero la mano de un ladrón se adelantó y lo robó.
El hombre se lo vendió a una dama joven que llegó a su casa, le sacó el polvo y lo apoyó sobre la cómoda de su dormitorio. Esa misma noche, la dama se sentó frente al espejo para peinarse… minutos después su cuerpo se desvaneció y su rostro comenzó a gritar desde adentro del cristal. Su marido quiso romperlo pero los gritos eran desgarradores. Entonces decidió envolverlo en un paño verde inglés y lo tiró en el depósito de un barco que partía con rumbo desconocido.
El barco ancló en La Plata, provincia de Buenos Aires, y el espejo fue llevado por dos marineros a la mansión de la vieja Beatriz, dueña de la embarcación. Ella, maravillada por la hermosura de la adquisición, pidió que lo cuelguen en una de las paredes de su dormitorio. Esa misma noche, la vieja Beatriz cayó muerta y su rostro quedó atrapado, pálido y con los gritos más estremecedores que puedan oírse.
La historia tiene varios finales: que el espejo fue llevado a un galpón en San Telmo donde hoy funciona el Mercado de las Pulgas. Que fue escondido en un sótano en Tigre, lugar donde está el Puerto de Frutos. Que fue devuelto a Egipto. Lo cierto es que desde hace más de 80 años nadie ha sabido nada. Así que, frecuentadores de mercados y amantes de los espejos, a la hora de comprar y de mirar, tengan cuidado. Puede ser que el rostro de la vieja Beatriz los mire fijamente para salir y liberar su alma inmóvil.

domingo, 14 de septiembre de 2008

La planchadora degollada del Parque Rivadavia

El Parque Rivadavia, ubicado en el centro del barrio porteño de Caballito, no siempre fue cuna de entretenimientos. En ese terreno, antes de convertirse en el lugar ideal para juegos de niños y compra-venta de productos usados (revistas, monedas, discos, fotos antiguas, libros, marquillas de cigarrillos), se hallaba de pie la Quinta del viejo Lezica.
Durante las vacaciones de verano de 1861, Candelaria Lezica de Serantos, una bella adolescente, se instaló en la quinta de su bisabuelo. La joven disfrutaba mucho de los martes, cuando a las cuatro de la tarde su madre, aprovechando la ausencia masculina ya que todos salían por negocios, abría las puertas para brindar fiestas de té y baile a los hombres de apellidos importantes con el objetivo de emparejar a su hija con el más rico del barrio. La señora indicaba a la servidumbre qué tareas cumplir y les ordenaba que atendieran con una gran cordialidad. Además, le exigía a la encargada de planchar que se quedara en el patio trasero para no ser vista por los invitados que conocían su reputación de buena amante en la cama. Ella se retiraba con la plancha y los canastos de ropa, se paraba al lado del ombú y protestando repetía: “La negra planchadora bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que no la vean”.
Esa tarde, un muchacho apuesto pero desconocido, se hizo presente en la reunión vestido de punta en blanco desde su sombrero chato hasta sus zapatos de charol recién lustrados. Sin perder mucho tiempo, se acercó a la alegre Candelaria y la sacó a bailar un vals. La madre de la joven, indignada por la intromisión del extraño que alborotó el ambiente, entre gritos lo echó y encerró a su hija en su habitación.
Hasta el otro día nadie vio a la planchadora y creyeron que Candelaria la había despedido enojada tras encontrarla con uno de sus amantes. Pero llegado el mediodía, el jardinero de la quinta entró espantado a la cocina y contó haberla encontrado sin cabeza recostada al lado del ombú. Allí mismo la enterraron y días más tarde descubrieron que su muerte fue a causa de un crimen pasional, ya que ese martes por la noche no quiso atender a uno de sus amantes y por celos, este la degolló con el filo de un hacha, dejó su cuerpo ensangrentado sobre el pasto y huyó con la cabeza de la mujer arrastrándola de sus rulos morochos.
Años más tarde, en 1927, el nieto de la ya fallecida Candelaria, le vendió la Quinta del viejo Lezica al Estado y el presidente Marcelo T. de Alvear inauguró allí el Parque Rivadavia demoliendo la casa, pero conservando el enorme ombú. Desde entonces, están quienes aseguran que cada martes por la noche, la planchadora se pasea sin cabeza por el parque, con su plancha al rojo vivo y cuelga harapos desde las ramas del ombú mientras protesta: “La negra planchadora bajo el ombú se queda, planchando trajes y enaguas, para que no la vean”.

martes, 9 de septiembre de 2008

Los fantasmas van al spa


En el número 3234 de la calle Campana, a metros de la vía del tren en pleno barrio de Villa del Parque existe, desde 1900, un caserón que sobresale ante los demás por su construcción ostentosa. Cinco pisos, una torre y un sin fin de rejas y ventanas, hacen que al pararse en su vereda, de la sensación de estar mirando un castillo. Las paredes decoradas con gárgolas hicieron que la gente comenzara a llamarlo El Palacio de los Bichos.
El ingeniero Muñoz González fue contratado para construir la mansión bajo las órdenes de un aristócrata italiano, quien pensaba que sería el mejor regalo de casamiento para su joven hija (claro que entonces no se estilaba abrir una lista en Falabella).
La desgracia llegó el día de la boda. La fiesta se celebró con bombos y platillos en la hermosa mansión, pero cuando su hija partió con su esposo hacia la luna de miel, el tren los atropelló y ambos murieron de inmediato. El padre clausuró la casa maldiciéndola y volvió a Italia.
Desde entonces, los vecinos cuentan que se prenden y apagan luces por la noche, y al pasar el tren pueden oírse llantos y gritos de dolor.
Desde hace diez años, El Palacio de los Bichos intentó abrir sus puertas de varias maneras. Primero como una casa de té, luego como un salón de fiestas, pero los negocios quebraron y empezaron a correr rumores de que los fallecidos tórtolos buscan evitar que se adueñen de su hogar.
Hace unos meses un nuevo intento abrió el palacio, esta vez con un salón de spa y estética corporal. Habrá que ver si los recién casados logran relajarse con los masajes, la música suave y las aguas termales, o si los nuevos dueños tienen una empresa con las horas contadas.